¿Por qué me gusta el cine doblado?, por Julia Navarro


Me encanta el cine. Creo que les he comentado en otras ocasiones que son pocas las semanas en las que no voy a ver alguna película. Y les confesaré poco políticamente incorrecto: soy absolutamente partidaria del doblaje. Vamos, que fuera de en pocas ocasiones prefiero ver las películas dobladas al castellano que en interpretación diferente. En primer área, porque me cansa observar los subtítulos; en segundo, porque cuando la película está en un idioma que conozco, compruebo que esos subtítulos no recogen enteramente lo que dicen los actores, sobre todo cuando los diálogos son largos.

Pero, adicionalmente, es que me he llevado más de una engaño cuando he escuchado la auténtica voz de algunos de mis actores favoritos. Y es que los actores de doblaje castellano son excelentes; tanto, que sus voces mejoran incluso las actuaciones de los intérpretes a quienes doblan.

Sé que lo que estoy diciendo es un excomunión para los cinéfilos y los críticos cinematográficos, pero creo que hay muchas personas que coinciden con esta opinión. Verán: semana tras semana compruebo que cada vez somos menos los que vamos al cine y que, fuera de estrenos muy especiales, de alguna de esas películas de Hollywood que llegan acompañadas de una gran campaña de promoción, lo habitual es que seamos personas de cierta vida las que nos encontramos en la sala.

Y… ¡qué le vamos a hacer! Las personas de determinadas generaciones no tuvimos la suerte de muchos de nuestros hijos, que son bilingües; de forma que ver una película en interpretación diferente nos resulta cansado. Tienes que prestar mucha atención e ir leyendo con cierto ritmo los subtítulos que aparecen en pantalla, y eso te impide disfrutar de forma relajada de la película.

La verdad es que me apena que las salas cada vez se encuentren más vacías. Ya sé que ahora hay nuevas maneras de ver cine, desde las plataformas digitales hasta el teléfono móvil, pero la encanto de la gran pantalla me sigue resultando absolutamente insuperable y creo que continúa siendo la mejor forma de ver una película.

Pero, adicionalmente, ir al cine forma parte del ritual de estar con los demás y comunicarte con ellos. Yo abomino de los nuevos paradigmas que llevan a la soledad, de esa invitación a quedarse en casa porque con un clic te bajas una película de la red, haces la operación o hablas con un desconocido en el otro extremo del mundo.

Continúo prefiriendo salir a la calle, cuchichear con la gentío, negociar con la taquillera unas buenas entradas, que el acomodador me acompañe hasta mi asiento, escuchar a la salida los comentarios sobre la historia que acabamos de ver y, en definitiva, advenir una parte de la tarde o de la perplejidad relacionándome, de verdad, con otras personas. Y si es para ver una película en interpretación doblada, pues mejor que mejor.

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